Martes 26 Junio, 2018 15:27

 

LOS HOMBRES SIN PERSONALIDAD

Cruzan el mundo a hurtadillas, temerosos de que alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.

 

EN TORNO DEL HOMBRE MEDIOCRE

Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre.

EL HOMBRE MEDIOCRE DE JOSÉ INGENIEROS

Producción de Latitud Periódico

11 de agosto del 2016

El HOMBRE MEDIOCRE es una de las grandes obras de la literatura nacional, que ha trascendido…
En esta entrega muchas de sus sentencias, reflexiones y pensamientos.

Al que dice "Igualdad o muerte", replica la naturaleza "la igualdad es la muerte". Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los, individuos diferenciales, los originales, la humanidad no existiría. No habría podido existir como término culminante de la serie biológica. (...) Igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma.


“El que aspira a parecer renuncia a ser.
El que aspira a ser águila debe mirar lejos y volar alto; el que resigna a arrastrarse como un gusano, renuncia al derecho a protestar si lo aplastan…
El lacayo pide, el digno merece. Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que no se merece, ni aceptar lo inmerecido”.

I. EL HOMBRE RUTINARIO

La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata.

En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror a toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos.

(...)

Es más contagiosa la mediocridad que el talento.

Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encalónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, o la de sus iguales.

Solo el valor moral puede sostener a los que impenden la vida por su arte o por su doctrina, ascendiendo al heroísmo.

Las fuerzas morales no son virtudes de catálogos, sino moralidad viva.

Dichosos los pueblos de la América Latina si los jóvenes de la nueva generación descubren en si mismos las fuerzas morales necesarias para la magna obra: desenvolver la justicia social en la nacionalidad continental.

La serena confianza en un ideal convierte su palabra en sentencia y su deseo en imperio.

Sus ojos pueden mirar hacia el amanecer, sin remordimiento.

Basta una sola, pensadora y actuante, para dar a su pueblo personalidad en el mundo.

Si mira alto y lejos, es fuerza creadora, aunque no alcance a cosechar los frutos de su siembra, tiene segura recompensa en la sanción de la posteridad.

Los hombres que no han tenido juventud piensan en el pasado y viven en el presente, persiguiendo las satisfacciones inmediatas que son el premio de la domesticidad.

Débiles por pereza o miedosos por ignorancia, medran con paciencia pero sin alegría.

De seres sin ideales ninguna grandeza esperan los pueblos.

El joven que piensa y trabaja es optimista; acera su corazón a la vez que eleva su entendimiento.

Quien pone bien la proa no necesita saber hasta donde va, sino hacia donde.

Es misión de la juventud tomar a los ciegos de la mano y guiarlos hacia el porvenir.

Los jóvenes pierden su tiempo cuando esperan impulso de los viejos.

Sin entusiasmo no se sirven hermosos ideales; sin osadía no se acometen honrosas empresas.

Un entusiasta, expuesto a equivocarse, es preferible a un indeciso que no se equivoca nunca. El primero puede acertar; el segundo, jamás.

El entusiasmo es salud moral; embellece el cuerpo mas que todo otro ejercicio; prepara una madurez optimista y feliz.

El joven entusiasta olvida las tentaciones egoístas que empiezan en la prudencia y acaban en la cobardía.

La juventud termina cuando se apaga el entusiasmo es don de pocos y parece milagro en quien lo atesora hasta la ancianidad.

El hombre que se ha marchitado en una juventud apática llega pronto a una vejez pesimista, por no haber vivido a tiempo.

La belleza de vivir hay que descubrirla pronto, o no se descubre nunca.

Solo el que ha poblado de ideales su juventud y ha sabido servirlos con fe puede esperar una madurez serena y sonriente, bondadosa con los que no pueden, tolerante con los que no saben.

El entusiasmo acompaña a las creencias optimistas; la superstición, a las pesimistas.

Un hombre incapaz de acción es una sombra que se escurre en el anónimo de su pueblo.

No basta en la vida pensar un ideal: hay que aplicar todo el esfuerzo a su realización.

La energía no es fuerza bruta; es pensamiento convertido en fuerza inteligente.

Deben ir juntos el pensamiento y la acción, como brújula que guía y hélice que empuja, para ser eficaces.

La acción carece de eficacia cuando escasea la energía.

Los jóvenes deben ser actores en la escena del mundo, midiendo sus fuerzas para realizar en acciones posibles y evitando la perplejidad que nace de meditar sobre finalidades absurdas.

La incapacidad de prever y de sonar obstruye la expansión de la personalidad.

Los jóvenes que no saben mirar hacia el porvenir y trabajar para el, son miserables lacayos del pasado y viven asfixiándose entre sus escombros.

Los hombres sin voluntad se proponen a volar y acaban arrastrándose, persiguen la excelencia y se enlodan en ciénagas.

Nunca dicen hago, que es la formula del hombre sano; prefieren decir haré, que es el lema de la voluntad enferma.

Los holgazanes no emprenden nada y pretenden justificarse desacreditando las empresas ajenas; si algo comienzan, obligados por las circunstancias, nunca llegan al termino de su obra. Vacilan y dudan, tropiezan y caen.

La pereza y la inacción son los gérmenes de la miseria moral.

La inercia apoca la vida de los holgazanes, tornándolos incapaces de hacer cosa alguna para si mismos y para los demás.

Toda creación es fruto de la libre iniciativa y llega a su término sostenida por el sentimiento de independencia.

La juventud se mide por el inquieto afán de renovarse, por el deseo de emprender obras dignas, por la incesante floración de ensueños capaces de embellecer la vida.

Joven es quien siente dentro de si la fuerza de su propio destino.

El que no osa leer un nuevo libro, encenderse por un nuevo anhelo, acometer una nueva empresa, ha renunciado a vivir.

Digamos al joven: haz lo que quieras, para enseñarle a responsabilizarse de sus actos.

Un joven libre puede convertirse en una fuerza viva, emprender cosas grandes o pequeñas, pero suyas.

El derecho a la vida esta condicionado por el deber del trabajo. Todo lo que es orgullo de la humanidad es fruto del trabajo.

La más justa formula de la moral social ordena imperativamente: el que no trabaja no come. Quien nada aporta a la colmena no tiene derecho de probar la miel.

El tiempo no nos espera, y ya es hora de vivir los mínimos instantes de alegría en los que habita la gran felicidad que buscamos.

“El Hombre Mediocre” de José Ingenieros

La primera edición fue en 1913 en Madrid, España


FUENTES: varias y propias.

Caracteres: 7261

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